Notas

Edición Nº 38 - Revista Solo Chicos -Guía para padres-.

La hiperpaternidad

Hace poco leía un artículo en referencia a la hiperpaternidad que hablaba sobre los excesos de la presencia paterna/materna en la crianza de nuestros hijos. De la dificultad que tenemos nosotros los padres de darle alas,
de liberarlos, que puedan demostrar en la práctica lo aprendido desde la teoría. En pocos años, los hijos han pasado a convertirse en el centro de la familia, y a menudo, alrededor suyo orbitan los progenitores, dispuestos
a ejercer, con la mejor educación, las mejores actividades extraescolares, el mayor número de experiencias, viajes, espectáculos, recreaciones lúdicas y entretenimientos varios. El objetivo: que estén sobradamente preparados para un futuro que, dada tanta inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, tiene que ser brillante.
Como tantas otras cosas, este modelo de paternidad a tope o hiperpaternidad, se origina en EE.UU. De este país procede también la psicóloga Madeline Levine, en su último trabajo, ya se centra en los excesos cometidos y llega a la contundente conclusión de que la actual versión norteamericana de lo que se supone el éxito, es un «fracaso». Su experiencia le dice que el modelo de crianza basado en una constante atención y grandes expectativas por lo que los hijos hacen, estudian, llevan, tienen o logran, no funciona. En una cultura tan competitiva como la estadounidense, la paternidad se convierte en una especie de carrera sin descanso, cuya meta es lograr que el hijo o la hija triunfen. La hiperpaternidad tiene distintas formas y grados, aunque el fondo (los hijos como el eje sobre el que giran las vidas de los padres), es el mismo. Encontraríamos figuras como la de los padres-helicóptero (sobrevolando sin descanso las vidas de sus retoños), los padres-apisonadora (quienes allanan sus caminos para que no se topen con ninguna dificultad), los hoferes (que pasan los días llevando a sus hijos de extraescolar a extraescolar), los hiperprotectores (cuyo fin es evitar cualquier accidente, por lo que algo antes natural para un niño, como subirse a un árbol, resulta impensable), los padres-bocado (quienes persiguen a sus hijos en el parque con la merienda en la mano) y las más novedosas madre-tigre, quien dirige de forma implacable las existencias de sus hijos. La hiperpaternidad puede llegar a ser agotadora para los hijos, porque en general implica agendas frenéticas. También lo es para los padres, porque son ellos quienes los llevan de una actividad a otra, hablan con frecuencia con sus maestros (llegando al enfrentamiento si fuera necesario), supervisan sus deberes y, a menudo, los hacen junto a ellos. Recogen sus cuartos, preparan su ropa y mochilas, meriendas, cenas y desayunos y ponen y quitan mesas (porque los niños van tan cansados que no tienen tiempo para este tipo de tareas).
También son los que planifican sus agendas e, incluso, sus amistades, interviniendo ante el menor conflicto con ellas. La hiperpaternidad es un trajín que puede durar muchos años y que, en opinión de los expertos, coarta en los hijos algo tan vital como es la independencia. También impide el aprender a partir de los errores cometidos, algo clave en el desarrollo personal. Con todo esto y si los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos, la pregunta es: ¿cómo se ha llegado hasta aquí? «Creo que es debido a que los objetivos de los padres han evolucionado», explica la psicóloga Maribel Martínez. «En tiempos de nuestros abuelos, el objetivo era que los hijos sobrevivieran a la guerra y a la posguerra, no pasaran hambre y, cuanto antes, se pusieran a trabajar para ayudar a la familia, que solía ser numerosa. En los de nuestros padres, lo que ya se quería era asegurar que sus hijos pudieran estudiar y que tuvieran mejores posibilidades laborales... En la actual generación de padres de padres con hijos pequeños -prosigue esta experta en psicología familiar-, las prioridades son otras: que los hjos sean brillantes, triunfen y que tengan de todo. Parece que su éxito y su fracaso sean nuestros y que para ello, tengamos que
ser los mejores padres del mundo».

«Los padres hemos de aprender a inmiscuirnos menos, dejarnos llevar un poco por nuestro instinto y observar cómo se desarrollan, buscan sus recursos y aprenden y, finalmente, reforzar ese esfuerzo, felicitarles.
Este es el antídoto para este modelo de hiperpaternidad». ¿Sómo hiperpadres? La hiperpaternidad tiene
muchos rostros, pero para la psicóloga Maribel Martínez las alarmas saltan si los padres hablan en plural refiriéndose a las actividades de sus hijos («mañana tenemos examen de matemática», «el sábado tenemos partido»), cuando tienden a responder por ellos (imitando, incluso, su voz) o si las agendas de los niños no tienen apenas horas libres. Otros signos de alarma son vestir o darle la comida a un niño de cuatro años; sentarse con uno de ocho a hacer los deberes, prepararle la mochila a uno de nueve, que un niño o niña de diez no sepa gestionar su agenda, con once no haya ido nunca a comprar algo como el pan, con doce no quiera salir solo
a la calle o, con trece, no utilice aún el despertador.


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