Notas

Edición Nº 45 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Cómo decirles «no»

Todo el mundo está de acuerdo en que poner límites es bueno, pero ¿a quién le resulta fácil hacerlo? La dificultad no reside tanto en pronunciar el no, como en sostenerlo. El «no», tiene mala prensa. Parece un reto, aunque no lo sea. O un castigo. Cuando hay que decir «no», uno -en su rol de padre- se siente el malo de la película (a menos que se trate de evitar una caída libre desde un cuarto piso con la capa de Superman). El «no» viene cargado de dudas: ¿por qué le niego el caramelo número setenta y seis si ya comió setenta y cinco? ¿Un pijama party, sí, pero dos, no? ¿Dormir en la casa del novio?

Lo más difícil no es decidir un no, sino sostenerlo a pesar de la insistencia y el pataleo de los hijos, que -hay que reconocerlo- cuando quieren algo tienen la paciencia y la obstinación que uno cree que les faltan en otros terrenos (léase estudiar, ordenar el cuarto, etc.). Entonces, para decir "no" y no morir en el intento, conviene revisar las propias convicciones y encontrarles el lado positivo, valga la paradoja, a las negativas.

Si, como dicen los chinos, cada cosa es ying y yang, entonces el «no» es una afirmación, en principio, de la función de los padres, y también del lugar de los hijos. Y si decir «no» es poner límites, entonces es «tender lazos invisibles de protección para la integridad física y emocional, que apuntan tanto al cuidado como a poder separarse y discriminarse de los padres», define Eva Rotenberg, directora de la Escuela para Padres de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Lo bueno de trazar fronteras es que «no sólo se indica por dónde no se puede transitar; también se delimitan los espacios por los que sí se puede», destaca Jorge Gonçalves da Cruz, codirector del Espacio Psicopedagógico de Buenos Aires (Epsiba).

Los límites son buenos. Y esto es casi lo único sobre lo que se puede estar seguro. Acerca del trazado, el alcance, la flexibilidad de esos límites, es más difícil tener certezas.

Los primeros límites tienen que ver, fundamentalmente, con el cuidado, «y sobre todo con enseñarle al otro a cuidarse a sí mismo», enfatiza Rotenberg. De ahí la importancia, en la niñez, de ir marcando pautas de horarios para dormir, comer o jugar, como un modo de transmitir una idea de la organización y del tiempo. No permitirle a un chico que cruce la calle solo, así como evitar otras conductas que pueden ser un riesgo para sí o para otros, es ayudarlo a internalizar cierto cuidado de sí mismo.

La adolescencia trae más complejidades. «El principal interrogante es cómo decirle no a alguien que está gestando su autonomía», reflexiona la psicóloga Daniela Doglio, que trabaja en el equipo de Orientación del colegio Aula XXI. Y agrega: «Aunque con otro nivel de conflicto y rebeldía, la preocupación por los límites es similar en todas las edades. Y el ideal es el mismo que con el hijo chico: acompañarlo».

De hecho, cuando un niño está aprendiendo a caminar, los padres lo siguen, ponen sus brazos como contención para que no se caiga o no se golpee. Ni lo largan solo ni le prohíben caminar. Del mismo modo, no es lo mismo «no te doy el auto» que «por ahora no; primero te voy a acompañar yo, y cuando te vea seguro podés salir a manejar por el barrio.»

En fin: habrá que aceptar que, cuando se trata del «no», cierto tironeo entre padres y prole habrá siempre. «Muchas veces, la rebeldía puede ser la parte sentida por los hijos como más auténtica. Es como si pensaran, en su inconsciente: «Si soy muy obediente, quedo sometido, anulado como persona».

Entonces, la conducta desafiante puede ser sentida como una necesidad de seguir siendo ellos mismos», describe Rotenberg.

Lo importante, frente al desafío diario, es recordar que de esa tensión entre padres que intentan marcar límites y chicos que a la vez los necesitan y desafían, emergerán hijos sanos.


Esta nota es una producción de la revista madres & padres.