Notas

Edición Nº 51 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Los gritos

«Antes de gritar a tu hijo, enciérrate en una habitación».

«¡Te tengo que decir cincuenta veces las cosas para que me hagas caso!», grita impotente la madre al verlo impasible delante del televisor cuando ella le ordena que se vista para ir al colegio. Situaciones tan desagradables como esta se viven a diario en muchos hogares en los que los padres se preguntan a menudo cómo conseguir que el niño obedezca. La mediadora de conflictos, socióloga y maestra Alba Castellví Miquel sabe cómo hacerlo, y es por eso que sus conferencias y charlas se han convertido en todo un reclamo para padres y madres en busca de consejo para encarrilar la educación de sus hijos.

Durante su trayectoria profesional y de madre, Castellví, de cuarenta años de edad, le ha movido una convicción: educar a niños es educar a ciudadanos que harán que el mundo sea diferente. «Por eso siempre he creído en las posibilidades de la educación», afirma la maestra, que imparte clases en una escuela del Alt Penedès donde los niños no aprenden para aprobar sino por interés –no hay exámenes-. Acaba de publicar Educar sense cridar ( en castellano, Educar sin chillar, de Angle Editorial).

Si el grito es la expresión de la impotencia, ¿por qué muchos padres utilizan este recurso para educar a sus hijos? Porque ya lo han probado de otras formas y no les ha funcionado, para desbloquear la situación. Realmente, muchas veces da resultado, pero los padres que gritan sufren dos perjuicios: cuando gritan quiere decir que han perdido la calma y tendrán que hacer un esfuerzo para recuperarla; y, además, los niños copiarán ese modelo y chillarán cuando quieran exigir alguna cosa a alguien. ¿Son malos padres los que chillan? No somos malos padres por chillar, sino cuando desistimos de nuestra responsabilidad de ejercer como padres. Hay estrategias para hacerlo.

Por ejemplo, cuando el niño tiene una actitud desafiante, tenemos que pensar que no es en contra de nosotros, sino a favor de su objetivo. Tenemos que ser claros en nuestra respuesta 'Esto no puede ser', dar un argumento y ser empáticos acompañando al niño de forma que sienta que le entendemos 'Ojalá que esto que quieres, pudiera ser, pero ahora no puede ser. ¿Y si el niño continúa sin obedecer? Acércate al niño, tómalo y dile mirándolo a los ojos: «¿Has oído lo que te he dicho antes?». El tono de voz tiene que transmitir sorpresa por el hecho de que tú has dado una orden, la has repetido, pero no ha pasado. Y cuando el niño te confirme que lo ha escuchado, respóndele: «¿Y, entonces, qué está sucediendo?».

Hablar con firmeza, pero con tranquilidad.¿Qué hacer en estas situaciones? Depende de si el hecho de llegar tarde nos perjudica a nosotros o al niño. Si tenemos que salir de casa para ir a la escuela y hay que salir puntual porque, si no, llegamos tarde al trabajo, tendremos que salir tal como estemos. Que nos hemos acabado de arreglar, perfecto; que no, tenemos que ir al colegio igualmente. ¿Cuál es la consecuencia de ceder al deseo del niño y levantar un límite? Tendremos un problema muy grave: estaremos perdiendo la autoridad porque el niño sabrá que cuando presione de una determinada manera, conseguirá lo que quiere¿Por qué es tan importante decir a veces que 'no' a los deseos de los hijos? Un niño al que hemos puesto límites es un niño más seguro de sí mismo, se relacionará mejor con su entorno porque los niños que están acostumbrados a obtener lo que quieren, intentan siempre que todo el mundo les complazca. Pero tampoco se tiene que abusar del no…

Y sobre todo no es bueno dar muchas órdenes. Cuando decimos que no, es porque se trata de algo importante que no podemos dejar pasar. De esta manera el niño dará más importancia a aquel no, que si siempre estamos diciéndole «no, no, no, no». Y es que oigo a padres que dicen que no a cosas que pienso: «¿De verdad que no?».¿Por qué los niños tienen tendencia a resistirse a obedecer a los padres? Porque a nadie le gusta que le den órdenes. Así que cuantas menos órdenes des, mejor; y cuando tengas que dar una, tienes que saber cómo hacerlo. No quiere decir que como padres no tengamos que dar órdenes, pero muchas veces podemos dar a escoger al niño entre diversas opciones para que asuma las consecuencias de esa elección: «¿Qué prefieres: venir a cenar ahora o venir más tarde? Piensa que si vienes más tarde, no tendremos tiempo de leer un cuento antes de ir a dormir». Me da igual a qué hora cenar, pero no a qué hora el niño se acueste porque tiene que dormir determinadas horas para su maduración neurológica.

¿A los hijos se les tiene que aceptar incondicionalmente? Queremos a nuestros hijos por encima de todo y así tiene que ser, y es por eso que destinamos tanta energía a su educación. Pero, bueno, nuestros hijos son mejorables y tenemos que ayudarlos para que lo logren. Explíquese. Muchas veces los padres ponemos la venda antes que se produzca la herida o intentamos resolver eso que tendría que ser una consecuencia vivida por el niño. Si su hijo ha tomado una decisión que le comporta un perjuicio soportable, es muy bueno que lo viva como tal y que usted pueda decirle: «Esto que te ha pasado, seguro que otra vez lo podrás evitar». Intentamos evitar demasiado que nuestros hijos sufran. No es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido ¿Quiere decir que en la sociedad actual protegemos demasiado a nuestros hijos? Así es. Intentamos evitar demasiado que nuestros hijos sufran. No es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido. Nosotros no tenemos que hacer que nuestros hijos padezcan, pero si en algún momento tienen que sufrir la consecuencia de una decisión que han tomado, bienvenida sea.


Raquel Quelart
Barcelona