Notas

Edición Nº 51 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Padres hiperprotectores, hijos sin autonomía

Los padres quieren lo mejor para sus hijos, pero a veces el instinto de protección es tan intenso que acarrea consecuencias negativas. La nueva hiperpaternidad ve a los hijos como seres intocables, que tienen más miedos que nunca. La falta de autonomía pasará factura a los más protegidos. La hiperpaternidad es un modelo de crianza originado en Estados Unidos, basado en una incansable supervisión por parte de los padres sobre los hijos, que se ha importado con éxito a Europa. Y a las ya conocidas variedades de los padres helicóptero (que sobrevuelan sin tregua las vidas de sus retoños, pendientes de todos sus deseos y necesidades) y de los padres apisonadora (quienes allanan sus caminos para que no se topen con dificultades) se les ha añadido la de los padres guardaespaldas (progenitores extremadamente susceptibles ante cualquier crítica sobre sus hijos o a que se les toque) Cada vez hay menos límites por parte de los padres: «Nos creemos capaces de poder actuar sobre todo, de criticarlo todo, de hablar sobre todo… Y, es cierto que siempre ha sido así, pero, la diferencia es que ahora somos capaces de actuar, hay más medios para hacerlo, y las redes sociales son uno de ellos». También ha detectado que la influencia de los progenitores es cada vez mayor en las escuelas, en especial, en aquellas con cooperadoras de padres potentes. «Los padres cada vez están más involucrados en los colegios, lo que, aunque es bueno en muchas cosas, puede también provocar malas dinámicas». Porque pese a su labor positiva, a veces también pueden ser plataformas para que haya progenitores que hagan lo que ellos quieran.

Samantha Biosca, tutora de ESO y bachillerato (en una escuela privada de Barcelona ya desaparecida,) también se ha encontrado con este tipo de padres guardaespaldas durante sus quince años como docente. «En varias ocasiones me han dicho, cosas como que «no les gustaba»que castigara a su hijo haciéndolo quedar un viernes hasta más tarde para recuperar deberes, porque se iban el fin de semana, o que no aceptaban que les hubiera confiscado el celular en clase. También recuerda como, en unas convivencias, cuando quiso enviar a casa a un adolescente al que pilló fumando, la respuesta del padre fue un contundente: «Ni se le ocurra. Mi hijo se queda. Yo he pagado esta jornada». Este tipo de intervenciones, asegura, han ido aumentando en los últimos años. Los niños son cada vez más «intocables» saben que pueden hacer lo que les da la gana y que no les pasará nada, porque tienen detrás a sus padres, quienes los protegen de lo que sea. Se ha ido perdiendo el respeto por la figura del maestro, se los ha ido desautorizando. La culpa siempre la tienen los otros, lamenta. Una actitud que no deja de ser sorprendente: «Porque los padres hoy están muy desorientados y algunos no tienen, literalmente, el tiempo de educar». Y, aunque señala que muchos aún confían en el maestro, cada vez son más los que lo cuestionan, incluso con gran virulencia: «Y yo, como muchos otros docentes, estoy dispuesta a luchar para educar a los niños, pero los padres nos han de dar el poder para ello. Si nos desautorizan, si no vamos a la par… ¡Acabamos!».

Para Samantha, quien se ha especializado en coaching para adolescentes, esta crianza hiperprotectora deriva en «niños tiranos» que, paradójicamente la pasarán mal en la vida como adultos debido a la excesiva supervisión paterna. También cree que este excesivo respaldo paterno es contraproducente porque, unido a la ya habitual falta de límites, produce personas que creen que tienen muchos derechos, pero ningún deber, con el coste que ello implica para la sociedad. Encima, los niños sobreprotegidos tampoco lo pasan bien durante la infancia. En parte, porque tanta protección, tantos parachoques, hacen que los miedos los inunden, ya que no han tenido que enfrentarse a ellos.

«En los treinta años que llevo de profesión juro que nunca había visto tantos niños con tantos miedos. «En los últimos cinco años ha sido brutal. Hay miedos a todo y miedos fuertísimos, de parálisis: miedo a sacarse la chaqueta, a decir no, a decidir, a la comida, a los animales… También hay una acuciante falta de autonomía que veo que, como los miedos, está causada por la sobreprotección». Sobreprotecciones como aquella niña a quien, descubrieron que su madre le daba el antitérmico cada vez que le lavaba el pelo (para que no se resfriara) o el elevadísimo porcentaje de niños y niñas en pre escolar que todavía usan pañal por la noche porque, para los padres, «todavía no están preparados para sacárselo». O toman mamadera.

Y los niños criados así, entre tantos algodones y amortiguadores, tienen «muchos miedos y muy exagerados: miedo a uno mismo, a no tener amigos, a perder, a cosas que te sorprenden: ¡Hay niños que no vienen de campamento por miedo a que les pongamos para comer algo que no les guste!». Son niños evidentemente sin autonomía, algo que en un futuro pasa factura: «Porque el miedo provoca que uno no pueda ser uno mismo y a partir de esto empiezan otros problemas más serios: la falta de identidad, la tolerancia cero a la frustración…».

Cristina, que acaba de publicar un libro sobre educación, Entrena'l per a la vida (Plataforma), entiende el instinto de protección hacia los hijos. Es algo natural: la inseguridad, el miedo y las ansias de protegerlos son sensaciones que existen entre la mayoría de los padres. Sin embargo, esta pedagoga cree que es fundamental preguntarse quién va a educar al hijo, los padres o los miedos de los padres: «El problema es que no podemos esconderles las piedras en el camino porque las piedras están ahí; el mundo está lleno de dificultades ». Por ello, insta a los padres a que, «si hay piedras, se las enseñen», y si el hijo se caen, «miren cómo se cae y le ayuden
a levantarse, pero que no impidan a toda costa que se caiga, porque en la vida hay que saber levantarse.
Los padres tienen que saber que sobreproteger es desproteger», concluye.


Eva Millet
Extractos de La Vanguardia.