Notas

Edición Nº 52 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Se aprende más jugando que estudiando

Francesco Tonucci es un autor importante a tener en cuenta junto con Christopher Clouder que ya nos advertía que «hay mucho tiempo para ser adultos y poco para ser niños» y Toshiro Kanamori y su pedagogía para ser feliz. En contra de una sociedad que últimamente asocia constantemente la palabra «límites» a niños e incluso a bebés, este pedagogo reivindica la libertad.

Los niños que participan en el proyecto La Ciudad de los Niños (en cien ciudades italianas, españolas y argentinas) piden todos lo mismo en sus reuniones con los gobernantes: Espacio y autonomía. Tienen un gran conflicto con los coches porque estos crean peligro y el peligro impide su autonomía. Unos niños italianos propusieron a un alcalde dividir el espacio: «Mitad para que aparquen los coches, mitad para nosotros».
Estoy luchando con los alcaldes para que abandonen esa costumbre de construir parques para niños con columpios y toboganes. Los niños necesitan espacios donde, dentro de un clima de control social, ellos puedan hacer lo que quieran: pisar el césped, subirse a los árboles y jugar con las lagartijas. Los pequeños no quieren estar recluidos en su habitación para jugar, ni en ludotecas, ni en todos esos espacios que construimos para que estén controlados. Lo que hace un niño vigilado por un adulto es distinto de lo que hace solo. Están perdiendo esa posibilidad de vivir experiencias solos y por tanto la posibilidad de jugar. A nivel cognitivo es gravísimo, por eso los niños están proponiendo que la ciudad retome el espacio público, como público. ¿Reivindican la necesidad de
jugar? Sí. Un niño le espetó al alcalde de Roma: «Estaba jugando en la plaza y un guardia me quitó la pelota».
Los niños tienen derecho a jugar en las plazas públicas. ¿Con la pelota? Sí. En Lima vi un cartel que suscribo: «Prohibido jugar a la pelota, excepto niños». Ellos deben poder jugar como quieran. En el patio de casa, en la acera, en los paseos, porque éstos son espacios públicos. Debemos invertir en cómo nuestras ciudades pueden transformarse en lugares donde los niños puedan ser niños. Y los que más me preocupan son los de tres a seis años, porque les estamos robando la autonomía, herramienta básica de futuro. Los adultos y por tanto los propios niños se perciben como una persona que vale por lo que será mañana y no por lo que es hoy. Hoy, educar significa pedir a los niños que dejen de comportarse como niños y lo hagan como adultos. Se soluciona escuchando sus tonterías, porque cuando un niño dice una tontería es algo que no ha oído de sus padres
ni de sus maestros.

El deseo de un niño: «Quiero una cancha de fútbol sin entrenador». Entiendo que los niños estén hartos de adultos. La diferencia entre un niño de cinco años de hoy y yo cuando tenía su edad es que yo tenía mucho tiempo sin adultos, por mi cuenta. Hoy la gran preocupación es enseñarles todos los peligros. Peligros que les cortan las alas. La soledad, es la grave enfermedad de los niños que viven en las ciudades ricas. Familias de hijos únicos, sin compañeros dentro de su propia casa y, debido al peligro ambiental, sin posibilidad de salir a buscarlos. Tienen a sus compañeros de escuela. Amigos institucionales, compañeros controlables.
En mi infancia hacer un amigo nuevo era un riesgo que requería capacidad de conocimiento de los otros, y me parece un valor enorme. La dificultad que hoy tienen los jóvenes de crear pareja estable se debe a que les faltó
la experiencia de crear relaciones que tuvieran que afrontar solos. El riesgo es una componente esencial del desarrollo. Sería deseable que los niños encontraran sus obstáculos en el momento útil, medir si pueden saltar
un riachuelo o si les compensa relacionarse con alguien. Los pequeños pasan sus días frente a adultos instructores, les es difícil hacer cosas raras. Así se va alimentando una necesidad de riesgo acumulada que expresará con su primera moto y en las salidas nocturnas. Los niños no son aspirantes suicidas, no buscan situaciones que no puedan dominar porque se trata de jugar. A cambio de impedirles ese juego exploratorio les damos protección y posibilidad de adquirir muchas cosas. Se crea así una relación perversa entre un niño que quiere mucho y un adulto que piensa que tiene que dar mucho para compensar lo que no puede darle. Los regalitos continuos destruyen la capacidad de juego. ¿Hay que renunciar al control? Sí, hay que acompañar
«pero de lejos», como decía un niño argentino. Los niños aprenden mucho más jugando, que estudiando, haciendo, que mirando. El juego que hacen solos sin el control de los adultos es la forma cultural más alta que toca un niño. Los niños que han podido jugar bien y durante mucho tiempo serán adultos mejores. ¿Qué consejo daría a los padres?

Dele a su hijo más autonomía, con normas de espacio, de tiempo y sociales, y le sorprenderá cómo mejora la comunicación: correrá a contarle lo que ha descubierto. Debemos perder el miedo. Así es en tres municipios de Roma, los niños de seis y siete años van solos al colegio. Los padres y los comerciantes controlan pero sin que los niños lo sepan. Para ellos es un gran regalo, se sienten reconocidos y se hacen más responsables.
Y, curiosamente, esos barrios se vuelven más seguros.


Entrevista realzada a Antonio Tonucci
en «La Contra de La Vanguardia» 2007



Francesco Tonucci (1941) es un pensador, psicopedagogo y dibujante italiano que se dedica al estudio del pensamiento y el comportamiento infantil. Ha creado y dirige desde 1991 el proyecto La Ciudad de los Niños, que propone a cien ciudades, una nueva filosofía de gobierno, adoptando a los niños como parámetro de valoración, de proyección y de cambio de la ciudad. Critica la forma en que las ciudades están estructuradas y aconseja que estén planificadas pensando en los niños. Pero no para convertirlas en Disney locales, sino porque él afirma que un adulto sano, es el resultado de un niño que ha jugado mucho y ha tenido autonomía.