Notas

Edición Nº 54 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

La discreción en la infancia

Todos los niños aman a sus padres. Es conmovedor pensar en el obstinado amor de aquellos chicos que no tienen la fortuna de ser tratados como se merecen, que sufren maltratos y humillaciones y que sin embargo,
creen que ellos son los culpables de la situación. En su absoluta pureza, esperan sufridamente que por fin un
día sus padres los quieran. A pesar de que en nuestra familia no se vivan problemas tan dramáticos, siempre debemos recordar que los niños no saben protestar, se limitan a tolerar en soledad las negligencias, las faltas
de sostén emotivo y pueden llegar a pensar en épocas difíciles que su familia sólo puede darles comida, techo
y ropa.

Sabemos que cada niño debiera ser educado sin sujeción a los manuales y como resultado de la observación de sus cualidades, de su personalidad y de su sensibilidad. No hay reglas pero quizás una de las vías más certeras que tenemos para acercarnos a ellos sea recordar nuestras experiencias de cuando éramos niños.

En aquellas épocas teníamos los ojos puestos en los mayores y sus acciones, sus palabras nos importaban poco, pero los cambios de humor, las discusiones transformaban en segundos nuestra feliz vida de juegos en una horrible sensación de pánico. También recordemos la vergüenza ante los amigos si en nuestra casa algo rompía la paz familiar, pues descontábamos que en los demás hogares no había ni peleas, ni portazos, ni tristezas. Sufríamos en silencio porque los dolores siempre pertenecían a nuestro solitario mundo interior. Y estoy hablando de la sobrecogedora discreción de la infancia de la que tanto se aprovechan algunos adultos.

Cuando un niño comienza con problemas en la escuela, tiene dificultades para relacionarse o recibimos llamados de atención del mundo extra familiar, llegó el momento de analizar la situación y hay que hacerlo con franqueza. Solamente seremos mejores padres cuando comprendamos mejor nuestros sufrimientos pasados y crezcamos junto a nuestros hijos ayudándonos mutuamente. Es un gran esfuerzo que sólo puede ser movilizado por el amor
y por la conciencia de la gran responsabilidad que tenemos con esa vida que nos toca amparar.

Por supuesto, sabemos que también viviremos con nuestros hijos muchas alegrías, pero reconozcamos que la raíz de la tarea de crianza es profunda y difícil. Porque a pesar de tanta frase bienintencionada, de tanta superficialidad consumista, no conozco ninguna forma de ser buenos padres que sea al mismo tiempo fácil
y honrada.


Mónica E. López