Notas

Edición Nº 56 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

No hay padre, no hay madre

Si hay algo que enferma y daña a los chicos actuales es el abandono, la indiferencia afectiva de quienes viven con ellos, la infinita distancia que oscila entre un desayuno atragantado por la velocidad y la pregunta rutinaria e insuficiente de quienes, por la tarde, alcanzan a preguntarle «¿cómo te fue en el colegio?» mientras encienden la televisión. No piensan atender la respuesta que reciben, pero si la escuchan y el niño emite una queja por algún insuficiente, el narcisismo parental se recalienta y se promete concurrir a la escuela para gritarle o pegarle a la maestra. Una de las lecciones que la lealtad de los padres ha incorporado estos últimos años: no vaya a resultar que los chicos piensen que la maestra es alguien importante en sus vidas y de quienes dependen para aprender aquello que en su casa no pueden obtener. Lo que estos padres consideran amor es mostrarles a sus hijos cómo los defienden de un cero, de un insuficiente o de la repitencia de un año.

Parecería que no hay tiempo para escucharlos, exceptuando cuando sus gritos molestan o brota alguna pregunta incómoda que también molesta. No hay tiempo porque los adultos regresan cansados y se sumergen en la tevé o en el quehacer doméstico, de manera tal que poca es la escucha de la que el chico dispone.

«¡Pero si llevo a la nena a inglés, la voy a buscar y de allí la llevo al dentista y dos veces por semana tiene danza y también la llevo y la traigo a casa, estoy mucho con ella! ». Son acompañantes para llegar hasta el lugar donde otra persona se ocupará de esa criatura. Tareas que a veces realiza una abuela voluntariosa.

El tiempo que le queda al niño, entre la escuela y algunas actividades, lo utiliza para introducirse en la computadora o en los jueguitos electrónicos: en ambos se cocinan los intereses de los chicos, sus predilecciones, sus emociones, sus amores y rabietas.

Escuchamos a los padres diciendo «yo no puedo hacer nada… tiene doce años, se va con sus amigos…» Y entonces se comprende hasta dónde ese niño, esa niña ha vivido sola sin la autoridad parental que no entendió cuál era su trabajo.

Solos de toda soledad están estos chicos, en situación de abandono e indiferencia que implican maltrato y así viene sucediendo hace diez años por lo menos. Los chicos no entienden por qué hacemos lo que hacemos, no nos entienden porque sus lógicas no son las nuestras.

¿De este modo culpabilizo e introduzco una mirada persecutoria hacia los padres? No me parece. Hace tiempo que un lejano y extraño sentimiento de culpa acompaña íntimamente a estos padres de los que hablo.

Hasta aquí sin ingresar en los cuadros en los que el abandono es el plus de la pobreza que los deja en la calle para que se arreglen como puedan, entre ellos, porque los adultos o trabajan a destajo o en esa casa no se come. Y estos chicos carecen del Gran Padrino de las tecnologías para entretenerse. Es el mismo abandono que se tramitaba hace siglos.

Hubiera sido mejor describir la cantidad de instituciones oficiales y privadas que hoy se ocupan de los niños: pero el punto reside en pensar que el abandono no remite al bebé indeseado y abandonado en un callejón, sino a niños y niñas con familia donde no hay padre y no hay madre que se aposenten en el real sentido de autoridad: establecer el reconocimiento del otro para apoyar, dar plenitud y enriquecer, circunstancias lejanas del amor intelectualizado, deficitario de la pulsión de vida y de vibración. ¿De este modo culpabilizo e introduzco una mirada persecutoria hacia los padres? No me parece. Hace tiempo que un lejano y extraño sentimiento de culpa acompaña íntimamente a estos padres de los que hablo.

Eva Giberti