Notas

Edición Nº 56 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Desconectar para conectar

Si tuviera que sintetizar los objetivos de los primeros seis años de vida, aquello que es imprescindible que un niño logre para garantizar estabilidad y seguridad en su vida futura, entonces diría que necesita: Conectar consigo mismo y su cuerpo. Conectar con su entorno afectivo. Conectar con su entorno físico, con la naturaleza.

Podríamos observar cualquier patología de aprendizaje y comportamiento desde este punto de vista: Niños que están «fuera de sí», completamente desconectados de sí mismos, como en la hiperactividad. Niños que están completamente en sí y desconectados del entorno afectivo, como en el autismo. Niños que no consiguen tener un adecuado vínculo con los otros, ya sea por un exceso (agresividad) o falta (introspección) de impulso. Niños desconectados de su cuerpo, que, o bien están paralizados y no se mueven, o se mueven de forma caótica. También vemos niños incapaces de jugar armónicamente con elementos de la naturaleza o con apatía y desinterés hacia ella.

El niño nace con un cuerpo, pero necesita muchos años para aprender a funcionar con él, a conectar con él. Esto le permitirá estar centrado, atento y con interés, en definitiva, armónicamente consigo y con el mundo. Lo que, a su vez, será la base de buenas relaciones interpersonales y de un aprendizaje efectivo.

Las dos vías fundamentales para conseguir esta conexión con el cuerpo son el movimiento y el tacto. Cuando tocamos un bebé, se siente, es su primera conexión con su cuerpecito y a la vez con su entorno afectivo. Se percibe a sí mismo y a la vez, siente y percibe al adulto que lo toca y envuelve, aportándole confianza y seguridad. También el contacto con elementos de la naturaleza aporta esta doble conexión. Con la arena, el barro, la piedra, el agua, el niño se siente a sí mismo y a la vez siente a estos elementos. Correr, saltar, trepar, columpiarse, esconderse en sitios estrechos, todo eso le aporta una vivencia de sí mismo y su cuerpo. El niño pega y patea, porque ni controla su cuerpo ni percibe al otro ser. Necesita primero percibirse a sí mismo para controlar sus pies y manos y para percibir al otro y así relacionarse.

La palabra ayuda a los niños, sobre los tres años, a pasar del «mío» y de las riñas físicas (mordiscos, tirones de pelos etc…) a la capacidad de compartir, colaborar. Es un proceso que lleva su tiempo. Especialmente la conexión con los padres, será la que aporte el mayor grado de seguridad y estabilidad al niño. Pero si los niños desde pequeños no tienen la posibilidad de relacionarse de verdad, ni entre ellos ni con nosotros, es difícil que cultiven el diálogo, la comunicación y la verdadera conexión. Ir a una escuela, donde cada uno hace su ficha y desde un lugar de competencia, no favorece conexiones interpersonales. Compartir un rato de pantalla «en familia», tampoco es suficiente. Es de gran ayuda para crear espacios de encuentro e interacción, permitir espacios tempo-espaciales que estén completamente libres de agentes electrónicos y en la máxima simplicidad de elementos externos (pocos juguetes).En algunos casos es tal la desconexión, que prefieren estar sentados con la tablet a ir al parque.

Está en nuestras manos ofrecer un entorno físico y afectivo que favorezca la conexión con el cuerpo, el mundo y los otros.

Es tiempo de, a conciencia, desconectar, para poder conectar.

Tamara Chubarovsky
Crianza y Educación