Notas

Edición Nº 59 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

El peligro de endiosar a los hijos

Creen que deben compensar a los niños por haberlos traído a un mundo cruel y los adoran, pero no los educan.

Antes se juraba por Dios, pero hoy se jura por los hijos. Padres «helicóptero», miedosos, controladores o culposos. Mucho se habla, a veces con crueldad, de los padres modernos y sus dificultades para asumir su función. Parecieran tener como común denominador una mezcla de angustia y culpa, una vivencia de debilidad en la confianza y una extraña delegación en los hijos de la autoridad que a ellos les corresponde. Eso los lleva, en muchos casos, a conductas que en poco ayudan a la hora de ofrecerles ese orden primordial a partir del cual podrán crecer de la mejor manera. La pareja en crisis, los sentimientos que van y vienen, el descreimiento, el cinismo disfrazado de inteligencia, las desilusiones y los espejismos hacen que la vida se haga difícil no por falta de fuerzas y deseos vitales, sino porque esa fuerza y ese deseo no encuentran el «punto fijo» sobre el cual hacer pie y desplegarse. Las certezas son mal vistas por sospechosas, las creencias son consideradas provisionales; la fe, una superstición, hasta que llegan los «hijos dioses» para salvar las cosas a través de una nueva fe monolítica que viene envuelta en pañales. La paradoja es que mientras existen muchos chicos en condiciones de abandono y vulnerabilidad, otros muchos hijos, que no sufren carencias graves de orden económico, viven con sordo agobio el hecho de ser los nuevos dioses de una suerte de religión que los entroniza como tales. De ellos, y sólo de ellos, parece emanar el sentido de la vida. Satisfacerlos es el único mandato de esa religión. No vienen esos chicos a incorporarse a un mundo que tiene sentido, sino que vienen a generarle sentido a un mundo que, para muchos, carece de aquél.

El niño endiosado interrumpe la conversación de los grandes en forma permanente (y todos detienen esa conversación para escucharlo), atormenta con berrinches públicos por un helado antes del almuerzo, se para sobre la mesa y hasta come lo que le viene en gana, sin horarios ni un orden que provenga desde «afuera». Si ese niño se enoja por causa de una «marcada de cancha» de los padres, esos mismos padres a veces sufren el enojo filial con la angustia del feligrés a quien desgarra una culpa cósmica por no ser bendecido por el hijo, el pequeño dios.

Se considera que ser buen padre o madre, en ese contexto, es servirlos y darles «todo», olvidando que una dimensión del amor es posibilitar al chico que crezca, lo que sólo es posible cuando, además de los imprescindibles cuidado y cariño, se los ayuda con firmeza a ir asumiendo responsabilidades, no propiciando que se acostumbren a que otros asuman las que a ellos les corresponde.

A los hijos se los «adora», pero no siempre se los educa. Son, al menos en apariencia, un centro de certezas para padres llenos de dudas. «¿Quién soy yo para decirle a él lo que está bien y lo que está mal?», preguntan algunos padres, creyendo que eso es otorgar libertad a un chiquito de corta edad. «El padre/la madre, ¿quién lo hará si no?», se les debe responder.

La mencionada «adoración» permite que muchos padres sientan que pueden hacer pie y vivir la entrega a un valor absoluto, a la pasión sin reparos, a la ausencia de especulación amorosa y a la suspensión de la duda perpetua, aquella que no existía cuando las certezas brillaban en clave de fe y optimismo. Es demasiado para los chicos ese lugar en el que se los ubica. Ellos tienen que entrar en el mundo, no ser el eje del mundo ni, peor, ser la fuente de sentido del mundo. La función paterna incluye ayudar a que los hijos puedan crecer, soportar frustraciones y asumir reglas que vayan más allá de ellos mismos. Es eso lo que les permite, a la larga, "ganar el pan con el sudor de su frente", ese pan que nunca sabe más rico que cuando se consigue a fuerza de labrar la propia tierra. Los hechos indican que, en la medida en que los padres encuentran sus propias convicciones y deseos, pueden encontrar otros puntos de apoyo (que los hay) que no son sus hijos para poder manifestar su propia fuerza sin acudir al endiosamiento de su prole. Se sabe: a los hijos hay que amarlos, no necesitarlos, en un sentido utilitario del término. Por eso vale humanizar la mirada sobre ellos, dándoles el lugar de amor que les corresponde, la misma que les permite transitar su infancia como infantes y no como pseudoadultos tiranos.

Con su presencia, los hijos pueden ayudar a recordar a los padres la fuerza y la determinación dormida que éstos tienen. La experiencia muestra que ese despertar ocurre muy a menudo, cuando los padres encuentran dentro de sí capacidades desconocidas hasta entonces gracias al amor a sus hijos.


Miguel Espeche
Psicólogo y psicoterapeuta