Notas

Edición Nº 64 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

Las malas notas

El alumno A era «un niño por debajo de los estándares comunes de la inteligencia», según su profesor. Y un vago, en palabras de su padre: «Mi hijo no piensa en otra cosa que en la caza y en los perros».
El alumno B era lento al contestar, taciturno y bastante malo en letras, geografía, dibujo, francés, qué sé yo... Hasta el punto de que fue rechazado en la escuela politécnica. El maestro dijo de él: «Este chico no llegará nunca a ningún sitio».
De las ocho asignaturas que tenía el alumno C, reprobó cinco. Así que a los catorce años tuvo que cambiar de colegio. Y repetir curso. Sus padres lo tenían claro: «Tendrá que aprender un oficio porque estudiar no es lo suyo».
El alumno D obtuvo una calificación muy deficiente, 2 sobre 50. «A menudo se encuentra perdido, porque no escucha», escribía su profesor sobre él. «Insiste en hacer las cosas a su manera. Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. En las circunstancias actuales, me parece algo ridículo. Sería una pura pérdida de tiempo no sólo para él, sino también para los que deberán enseñarle».
Mientras sus compañeros atendían a la clase, el alumno E pensaba en las musarañas. Un día hacía un garabato en su cuaderno. Otro día dibujaba unas palomas. Otro día pintaba un torito. Todos recuerdan una característica de aquel niño: le costó más que a ninguno aprender el abecedario.
El alumno A era Charles Darwin.
El B era un tal Albert Einstein.
Detrás del ejemplo C, está el psiquiatra español Luis Rojas Marcos.
El estudiante D es John Gurdon, que ganó el Nobel de Medicina.
Y el caso E es el de Picasso.
¡Así que desdramatice! relaje un poco el gesto, entre inmediatamente en el cuarto del chico, sáquele las orejas de burro, dígale que tiene que ponerse las pilas, pero también dígale que tampoco es para tanto. Que va a ser lo que le dé la gana. Que una calificación no condena de por vida. Que en toda etiqueta siempre aparece un precio. Y que él no lo tiene.
Más allá de lo malo que diga un boletín, más allá del tatuaje que nos deja, a ciertas edades, todo está por escribirse: si aprobarás o no el día en que la tentación de traicionar te caiga en el exámen. Si habrá algo sobresaliente en ti cuando el azar reclame un valiente. Si serás un hombre o una mujer notable cuando todos callen y se haga el silencio.
Entonces tengan cuidado con lo que les dicen por un tres en matemáticas o un cuatro en Inglés. Maneje la infancia como lo haría un especialista en desactivar explosivos. Está comprobado que un niño instalado en la convicción de su nulidad es una presa segura. Una mecha encendida.
La semana pasada, sin ir más lejos -en una entrega de notas-, escuché a un niño de 10 años decirle a otro que él «era un paquete» después de ver sus calificaciones. Sin pena. Con resignación. Como el que se sabe irremediablemente rubio. O bípedo. O alérgico. A los diez años. «Un paquete», dijo. Más o menos como aquel niño que se llamaba Daniel Pennacchioni, que era un «zoquete» incorregible -cuenta de sí mismo- y al que sus padres acabaron enviando a un internado. Un Daniel Pennacchioni que se hizo mayor y acabó siendo profesor, hoy un reputado ensayista llamado Daniel Pennac.
Así que desdramatice, relaje un poco el gesto, entre inmediatamente en el cuarto del chico, dele un abrazo y dígale que esto también pasará. «Los padres, la televisión, los libros pueden ser idiotas, pero los niños no lo son».


Pedro Simón
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